Poesía y Cuerpo: Instrumentos de rebeldía

Poesía y Cuerpo: Instrumentos de rebeldía



Por Anahí G.Z.

¿Puede la poesía ser subversiva?, ¿El cuerpo  es desobediente? Preguntas que buscaron ser respondidas durante las cuatro sesiones del taller Poesía y Cuerpo: instrumentos de rebeldía (del 17 de marzo al 7 de abril  del 2019).  Pero… ¿sirve de algo darle vueltas teóricas o prácticas a la corporalidad?

Reflexionar sobre nuestro cuerpo es también centrar la mirada en lo ajeno; en el otro que siente, duele, trasforma, actúa y grita igual que nosotras. En estos tiempos donde lo líquido nos  ahoga, sobra el respiro de sabernos más que soledad, de reconocernos inmersas en una colectividad. Siempre es el otro.

Hay un paso que sostiene nuestro andar: el de mirar el espejo y encontrar el rostro del inmigrante, del transexual, del hombre, de la niña, del anciano, del criminal, del suicida, del profesor. Somos sujetos que también existen en quienes les rodean.

El narcicismo contemporáneo elimina cualquier rastro del Otro: siempre yo, yo y yo. Para el poeta Walt Whitman no existía sensación más satisfactoria que sentir la piel forastera, para el individuo posmoderno no hay placer que supere el tocarse a sí mismo. Lipovetsky lo describe en sus términos: “llegamos al final del desierto; previamente atomizado y separado, cada uno se hace agente activo del desierto, lo extiende y lo surca, incapaz de vivir el Otro.  (…) Cada uno exige estar solo, cada vez más solo y simultáneamente no se soporta a sí mismo”.

El cuerpo  desobediente es uno de los principales instrumentos para resistir los embates de Narciso. La corporalidad que arde, que explota y se  sujeta de lo indómito, es aquella que siente el salvajismo y la llaga; es aquella que levanta las piernas y se vive en sus arrugas; es aquella que abraza y re-conoce al Otro.

Los cuerpos son  una la revolución en sí mismos, igual que la palabra que nombra lo prohibido, la médula de la transgresión les habita. Para la filósofa Judith Butler Incluso el ruido, la risa y el llanto son potencial político, radican en los límites del cuerpo: “Reír y llorar suponen una crisis para el sujeto humano pues la persona ´pierde control´ sobre sí misma. Es entonces que uno entiende que es susceptible ante otros y que otros son, a la vez, susceptibles ante uno. (…) Reír es una forma de interrumpir la cotidianidad y recordar la fragilidad del cuerpo. Constituye, entonces, una nueva manera de subjetividad donde nos sorprendemos ante nuestro propio cuerpo”.

A lo largo del taller se abordaron estas y muchas otras cuestiones, entre ellas: los feminicidios, las desapariciones forzadas, el cuerpo post-humano, el erotismo y la muerte.  Cada sesión fue acompañada de la poesía como catarsis, como ventana al interior animal. Se acuerpo la palabra.

Los asistentes intercambiaron saberes y creencias, analizaron y escribieron para entenderse dentro de un mundo caótico. Materializaron en su acto poético lo que el autor Aldo Pellegrini anunciaba: “Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta (la puerta de la poesía) y por ella penetran en la realidad”.

La experiencia culminó el 4 de mayo del 2019, en la Fiesta del Libro y la Rosa, con un conversatorio donde la  académica e investigadora Norma Silva,  la poeta Cinthya Franco y  el escritor Jorge Olvera, compartieron sus miradas respecto a la palabra, el cuerpo y el erotismo rebeldes.  Al final de la presentación los integrantes del taller leyeron sus creaciones frente al público.

En la siguiente antología confiamos algunos de los poemas que los miembros del curso escribieron:

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