Hoy no respiro

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Hoy no respiro

De cielos azules y noches estrelladas

Quienes vivimos en la Ciudad de México estamos acostumbrados a ver un cielo de color grisáceo y siempre brumoso. Muy raros son los días del año en los que podemos disfrutar de ese azul intenso, poblado de grandes nubes blancas que José María Velasco pintara tantas veces en sus cuadros de la Cuenca de México, cuando todavía se adivinaban en la lejanía las aguas del lago de Texcoco. De noche, la luz de la mancha urbana apenas deja ver unas cuantas tímidas estrellas y una luna de normal amarillenta. Entre octubre y marzo, si somos afortunados y sólo muy temprano por la mañana, se pueden admirar tanto los grandes y pequeños volcanes, como las siluetas de la Sierra Nevada, y de las Cordilleras del Ajusco y de las Cruces. Visto desde una cierta altura, el paisaje es espectacular. La ciudad, sin embargo, es otra cosa, invisible, oculta bajo una espesa nata anaranjada o negra propia, aunque no exclusiva, de las inversiones térmicas del otoño tardío y del invierno.

El antes y el Después

Mucho recuerdo de niña, de camino al colegio, la vista del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl en la lontananza, así como el cielo cuajado de estrellas por las noches. No había edificios altos que entorpecieran la visión de la serranía, ni tanta luz por la noche que no permitiera delinear las constelaciones. Hoy, sin embargo, el paisaje ha sido engullido por enormes rascacielos y por una masa informe de calles y construcciones que han crecido sobre los antiguos lagos, ríos y riachuelos y aún sobre las laderas de las montañas. En un lapso de 40 años el panorama ha cambiado por completo. La llamada Ciudad de la Esperanza, así bautizada por un jefe de gobierno del entonces Distrito Federal que ahora es inquilino en el Palacio Nacional, pasó de ser la Ciudad de los Palacios a un abigarrado rompecabezas de conjuntos habitacionales inmensos, asentamientos irregulares en zonas ejidales y ciudades perdidas en la profundidad de las barrancas y a lo largo de las vías ferroviarias que aún se conservan. Los antiguos cauces fluviales, entubados bajo la superficie de concreto, ahora llevan basura y aguas negras y el drenaje profundo no es suficiente para contener las fuertes lluvias y los escurrimientos pluviales de las sierras que rodean a la Cuenca. En el pasado alimentaban los diferentes lagos, ahora producen inundaciones en toda la metrópoli, y, sobre todo, en las colonias periféricas asentadas en las zonas lacustres, no sin la indignación de sus habitantes que, a sabiendas o no, construyeron sobre el lecho fangoso de un antiguo lago y todavía se sorprenden de que sus casas se inunden con cada estación de lluvias.

Una ciudad ficción

Toda esta perorata nostálgica viene a cuento para poner en evidencia lo que hemos hecho de la zona metropolitana. La falta de oportunidades en el campo y en poblaciones a todo lo largo y ancho de la República, los enfrentamientos armados, los desplazamientos forzados y la explosión demográfica, entre otros factores, han provocado el éxodo de multitud de personas que llegan a la capital cargados de sueños y necesidades, convencidos de que aquí sus problemas se resolverán si le echan hartas ganas, y si ahorran el producto del trabajo que están seguros de conseguir en cuanto pisen suelo chilango. Nada más alejado de la realidad. Basta una mirada alrededor. 

La Ciudad de México, incluidos los municipios conurbados, ha crecido en desmedidas proporciones, tanto horizontal como verticalmente, todo a causa de una inexistente planeación urbana y de la especulación de desarrolladores sin escrúpulos, reyes de la “mordida”, que levantan edificios de 30 y 40 pisos en zonas donde sólo se permiten 15, coludidos con funcionarios corruptos de las diferentes alcaldías. Nada hemos aprendido tampoco de los fuertes terremotos que nos han azotado. Derivado de la deforestación y de la sobreexplotación de los mantos acuíferos, la ciudad se hunde entre ocho y doce centímetros cada año. El agua hay que traerla de muy lejos y la demanda es tal que escasea en todas partes. Más que una ciudad moderna y cosmopolita, es, sin duda, una ciudad ficción.

La región más transparente del aire

La deficiente planeación urbana incluye, además de la construcción desmedida, la falta de una proyección a futuro, tanto de vialidades como de transporte público, mismo que es a todas luces insuficiente e inseguro, por lo que demasiados citadinos que pueden darse el lujo, optan por utilizar el automóvil. La contaminación atmosférica que producen la industria y los motores de combustión, es uno de los problemas capitales de nuestra gran ciudad. El programa Hoy no circulo no ha dado los resultados proyectados en la disminución de contaminantes, porque es más cómodo y seguro comprar otro automóvil que arriesgarse al viaje en metro, camiones o microbuses. Aun cuando hay más controles que en un principio en los Verificentros, sigue resultando más barato para algunos pagar una “propina”, que gastar en la afinación de los vehículos. El resultado está a la vista, un cielo gris y una luna amarilla. ¿Dónde quedó la región más transparente del aire que tanto elogió el barón de Humboldt en 1804? 

Hoy no respiro

¿Cómo hacemos los capitalinos para sobrevivir en tan pésimas condiciones ambientales? Los hay que han dicho que los chilangos somos como las cucarachas, que en teoría podrían sobrevivir una guerra nuclear, y que, si no rompemos tres de los diez mandamientos y protegidos por nuestra fuerza moral milenaria y estampitas de la suerte en la cartera, hasta el coronavirus nos hace los mandados. ¿Es más importante acabarnos todo el carbón del subsuelo y exprimir hasta la última gota de petróleo, aunque en el trayecto arrasemos con animales, bosques, manglares y otros ecosistemas, antes que invertir en energías alternativas como las eólica, solar, biomasa, biogás, mareomotriz o undimotriz (del mar), hidroeléctrica y geotérmica? ¿Qué tenemos que hacer para entender que el cambio de prioridades era hace 50 años? 

Problemas a la solución

Mientras nos acaba de caer el veinte, como se dice coloquialmente, les compartimos un poco del humor de Rogelio Naranjo, parte del acervo que custodia el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, con la esperanza de que invite a la reflexión para decidirnos de una vez por todas a pensar si queremos seguir siendo la causa, o la solución a los graves problemas que enfrenta la humanidad frente al cambio climático, o si hacemos como que no pasa nada y seguimos por el mismo camino. Lo cierto es que, de no hacer algo ya, sin duda alguna y sin remedio, antes o después, la indiferencia nos llevará a todos por delante.

2020-06-08T02:49:22+00:00 junio 8th, 2020|